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Como en las películas de antes: es domingo por la mañana y un chico y una chica de veintitantos se despiden en la estación de Paseo de Gracia, seguramente después de una noche de sábado muy bonita.

Él, subido al tren que va a Valencia. Está en la puerta del tren, todavía abierta.

Ella, en el andén de paseo de Gracia, junto al tren. Él baja un escalón y ella en sube uno. Se abrazan, se besan, se despiden allí donde las puertas se deberían cerrar y separarlos. Se acaba el beso. Él se sienta en el asiento del vagón que ha elegido y mira por la ventana. Ella se sienta en la silla del andén, de una estación siempre en obras.

Él hace gestos de llorar. Ella le dice que no lo haga. Se miran tristes. El tren no arranca y les da una nueva oportunidad de despedirse: se vuelven a encontrar en punto medio, justo donde las puertas, si se cerrasen, les partirían por la mitad. Se dan un beso intenso, que acaba en un abrazo inmenso. Ahora sí, último beso in extremis y se cierran las puertas.

El tren arranca. Ella lo sigue a pie hasta que ya no puede alcanzarlo. Se quita los cascos del cuello y coge el móvil.

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